Ansiedad Neurodivergencia

Neurotransmisores (3 de 4): la ansiedad, el sistema de alarma del cerebro

Neurotransmisores (3 de 4): la ansiedad, el sistema de alarma del cerebro

Ilustración: Mente Abierta · Mente Abierta Psicología

Una alarma que nos protege

El corazón se acelera, la respiración se vuelve corta, el estómago se cierra y la mente se llena de "¿y si...?". Esa reacción tiene una función: preparar al cuerpo para responder a un peligro.

La ansiedad no es un defecto. Es un sistema de alarma que todos tenemos y que nos ha protegido durante miles de años. El problema aparece cuando esa alarma se dispara con demasiada frecuencia, con demasiada fuerza o ante situaciones que no son realmente peligrosas.

En este tercer artículo de la serie vemos qué zonas del cerebro forman esa alarma, qué mensajeros la encienden y cuál es el freno natural que la apaga.

Las zonas del cerebro involucradas

Mapa del cerebro con las zonas del sistema de alarma: la amígdala (detector de amenazas), la corteza prefrontal (evalúa si el peligro es real y la regula), el hipocampo (aporta el contexto) y el tronco cerebral (locus coeruleus, que envía noradrenalina)
Las zonas del cerebro que forman el sistema de alarma.
  • La amígdala es el detector de amenazas. Es pequeña, tiene forma de almendra y reacciona en fracciones de segundo, antes de que tengamos tiempo de pensar. Además aprende muy rápido: basta una experiencia intensa para que guarde un recuerdo de miedo.
  • La corteza prefrontal evalúa la situación con más calma: ¿es realmente peligroso? Cuando concluye que no, envía una señal que tranquiliza a la amígdala.
  • El hipocampo aporta el contexto: dónde y cuándo ocurrió algo. Ayuda a distinguir un lugar seguro de uno que no lo es.
  • El tronco cerebral, en una zona llamada locus coeruleus, produce la noradrenalina que pone en alerta a todo el cerebro.

Dicho de forma sencilla: en la ansiedad suele haber una amígdala muy activa y una corteza prefrontal que la regula con menos fuerza.

Los mensajeros: un acelerador y un freno

Cuando la amígdala detecta una posible amenaza, se pone en marcha una cadena muy rápida:

  1. Las neuronas del locus coeruleus liberan noradrenalina, que pone en alerta al cerebro y llega también a la amígdala.
  2. Se activa el eje del estrés: el cerebro libera una sustancia llamada CRH, que termina aumentando el cortisol en la sangre.
  3. El cuerpo se prepara para actuar: el corazón late más rápido, la respiración se acelera y los músculos se tensan.

Para que la alarma se apague, el cerebro cuenta con su propio freno:

Esquema del acelerador y el freno de la alarma: del lado del acelerador la noradrenalina, la CRH y el cortisol y el glutamato; del lado del freno el GABA, la serotonina y la corteza prefrontal
Los mensajeros que encienden y apagan la alarma.

El GABA es el principal freno del sistema nervioso. Por eso algunas sustancias que actúan sobre él, como el alcohol, producen una sensación momentánea de calma. Ese alivio es engañoso: con el tiempo, recurrir al alcohol para calmar la ansiedad la empeora y genera nuevos problemas.

Cuando la alarma se dispara de más

Un poco de ansiedad es útil. Antes de un examen o de una presentación, nos ayuda a concentrarnos y a prepararnos. El problema empieza cuando la activación sube demasiado:

Gráfico en forma de U invertida que muestra la relación entre ansiedad y rendimiento: con poca o con demasiada ansiedad el rendimiento baja, y es mejor en un punto intermedio
La relación entre ansiedad y rendimiento tiene forma de U invertida.

En ese punto, el cerebro se parece a una alarma de casa demasiado sensible, que suena con el viento o con el paso de un gato. Varias cosas contribuyen a que eso ocurra:

  • La amígdala aprende rápido y olvida despacio. Una sola experiencia intensa puede dejar un recuerdo de miedo duradero, y luego situaciones parecidas lo despiertan.
  • El freno de la corteza prefrontal actúa con menos fuerza. Le cuesta convencer a la amígdala de que no hay peligro.
  • El estrés sostenido mantiene encendido el eje del cortisol, lo que hace al sistema todavía más sensible.
  • La evitación alimenta el ciclo. Cuando evitamos lo que nos asusta, la amígdala nunca recibe la prueba de que era seguro.

En niños y adolescentes, la ansiedad no siempre se ve como preocupación. Muchas veces aparece como dolor de estómago, irritabilidad, problemas para dormir o negarse a ir a la escuela. También acompaña con frecuencia al TDAH y al autismo.

Lo que ayuda

Esa alarma se puede reajustar. Estas son algunas claves que muestra la investigación:

  • Sentir que hay control calma la alarma. Cuando una persona percibe que puede hacer algo frente a la situación, la respuesta de estrés disminuye. Por eso ayuda dividir los problemas en pasos concretos.
  • Revisar la interpretación. Preguntarse "¿qué tan probable es que pase?" o "¿qué haría si pasara?" pone a trabajar a la corteza prefrontal. Esta revisión es una de las bases de la terapia cognitivo conductual.
  • Acercarse de a poco a lo que se evita. Cada vez que nos exponemos a algo temido y no ocurre lo peor, la amígdala aprende algo nuevo.
  • Moverse, dormir y respirar con calma. El ejercicio, el sueño suficiente y la respiración lenta ayudan a bajar la activación del cuerpo.
  • Buscar ayuda profesional. En un estudio realizado en Suecia, tanto la terapia cognitivo conductual como la medicación redujeron la actividad de la amígdala después de nueve semanas de tratamiento. La terapia también cambia el cerebro.

Cierre

La ansiedad es una alarma que nos protege. Entender cómo funciona permite verla con menos miedo y saber que se puede regular.

En niños y adolescentes conviene mirar el cuadro completo: la ansiedad aparece con frecuencia junto al TDAH o al autismo, y una evaluación cuidadosa ayuda a entender qué está pasando y qué apoyos necesita.

En el próximo artículo de esta serie: neurotransmisores y depresión, más allá del "desequilibrio químico".

En Mente Abierta realizamos evaluaciones de TDAH y del espectro autista en niños, adolescentes y adultos. Puede escribirnos al WhatsApp 6108-6416 o en Instagram @dr.menteabierta.

Lic. Andrés Carvajal Vanegas, psicólogo clínico (CPPCR 9279)

Referencias

  • Higgins, E. S. y George, M. S. (2013). The Neuroscience of Clinical Psychiatry (2.ª ed.). Lippincott Williams & Wilkins.
  • Littrell, J. (2015). Neuroscience for Psychologists and Other Mental Health Professionals. Springer Publishing.